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Miércoles, 21 de diciembre de 2005

¿Me dejás hacer una llamada?

De los vejámenes no rentados que me producen mayor irritación sin duda el usufructo indiscriminado del teléfono personal del local tiene un lugar de privilegio.
Todo habrá comenzado como una obligación moral. Un día una clienta habra dicho:
-che, me prestás el teléfono por favor? Tengo una urgencia...
¿Cómo negarle ese favor a un cliente de años? ¿Quién hubiera podido anticipar que detrás de ese pedido se erguía victorioso el monstruo del abuso?
En los días sucesivos, empecé a sentir los movimientos clandestinos que establecieron con el tiempo el nuevo orden. Entraba la enmascarada al local y con cualquier excusa tomaba el teléfono. A veces bastaba un:
-Permiso estoy apurada... -Y alargaba la mano por detrás del mostrador para tomar el aparato.
En otras ocasiones me participaba de alguna actividad:
-Tengo que hablar con mi papá que está en el hospital...
Para luego sorprenderme con la más esclarecida creatividad. Marca el número cómodamente y valga mi sorpresa cuando escucho que lo del hospital había pasado a segundo o tercer plano e irrumpe un:
-¡Clarita! te dije que cuando me planches la camisa no le pongas...
Multiples veces era entrar callada, hacer cuatro o cinco llamadas sucesivas y luego decir:
-Después vengo... Si viene Jaime decile que lo de alfombra sigue, el va a entender...
Venía a veces un chino que me pedía el teléfono para hablar a sus pagos. Le cargaba una tarjeta larga distancia y te dejaba una hora o una hora y media sin teléfono, hablando en ruidoso mandarín y turnándose para hablar con parte de su numerosa familia. Le explicás que el teléfono es para urgencias y se hace el que no entiende castellano. Se lo explicás en chino y se hace el que no entiende tampoco...Tira una bomba de humo y desaparece sin rastro.
A esta altura se impone el siguiente dilema: O prohibo el uso del teléfono en el local y pierdo a los clientes que ingresaron en ese registro o me callo y permito que lo sigan usando y pago cuentas descabelladas de teléfono, cada dos meses, rigurosamente.

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Lunes, 19 de diciembre de 2005

ciber - no locutorio

Se suele afirmar que los que más leen el diario son los que envuelven huevos. Años en el ciber me confirman que la hipotesis es erronea. Procedo a explicar mi tesis: La proximidad con el texto no asegura su lectura. Tengo un cartel gigante pegado en el mostrador donde se invita a pedir máquinas con office, puesto que no está instalado en todas. Nadie, jamás, lo advierte.
Miles de preguntas que suceden dentro del negocio se podrían salvar si la gente leyera las ayudas. Un ejemplo de esto es el envío de archivos adjuntos. Dramatización:
-Disculpame, tengo que mandar un curriculum por email y no sé como hacer...
-¿Esto no te lo expliqué la otra vez? (Haciéndome el desmemoriado porque en realidad ya van como 12 millones de veces que le explico lo mismo)
-Si, lo que pasa es que me olvido...
-No necesitás recordar nada. Basta con seguir el procedimiento que está escrito ahí...
-Ah mirá vos... Es que yo soy de otra generación ¿sabés?
Off de records: La esclavitud se abolió hace más de 200 años.
Descontando la gente perversa que busca molestar al prójimo, del conjunto restante la mitad no leen indicaciones de nada. Son la generación del supermercado, donde fueron educados a chocar contra los productos hasta llenar el changuito. Y la otra mitad, la orgullosa otra mitad, escanea solo parte de lo escrito. De ese modo siempre entiende la cosa a medias. Estas reflexiones me hicieron decidir a no poner un cartel que diga bien grande: "ciber no locutorio", porque basta la afirmación de la palabra para incentivar la pregunta:
-¿Cabina, por favor?
-No somos locutorio.
-¡Pero si afuera dice locutorio!
-¡Y sí...!
Señores y señoras: Estamos perdidos.

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Lunes, 19 de diciembre de 2005

El sueño y la vigilia

Leo que Chuang Tzu sueña cierta vez un sueño muy real. Durante ese sueño era una mariposa. Luego, al despertar, pierde perspectiva, y ya no sabe si ahora es un hombre que soñó ser una mariposa o una mariposa que ahora sueña que es un hombre. Pienso: entre la vigilia y el sueño existe un litoral sutil. En ese instante dos mujeres riendo y charlando ingresan al local.
-No sabés lo que me dijo...
-¿Qué te dijo? -Sonriendo.
-Una máquina, por favor -me dice risueña la primera.
Miro las máquinas que tengo disponibles y me dispongo a hacer el papel.
-Pero, mira que yo puse internet en casa - le comenta la otra.
-¡Entonces vamos para tu casa!
-Eso mismo te quería decir...
-Otra vez será...-me informan.
Miran dentro, se dan vuelta y riendo salen del local. Mientras yo quedo parado ahí. Perplejo.


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Martes, 13 de diciembre de 2005

Problemas con el tiempo

La mayoría de los juegos que están instalados en el negocio, por su probada jugabilidad y rejugabilidad, operan sobre el usuario la pérdida de la noción del tiempo. Recuerdo ver el reloj de la máquina de reojo antes de empezar la partida en el GTA y luego de jugar un ratito darme cuenta que habían pasado varias horas.


El descubrimiento de este misterio despierta, muchas veces, grandes confusiones. Desde el habitual:
-¿En serio estuve 5 horas en la máquina?
Hasta la desconsideración de pensar que uno quiere cobrarle de más o que nos beneficiamos quitándole minutos a su diversión.
-¡Te pedí 1 hora y media y me lo cortaste antes!
-Traiga el papel de su máquina, por favor (los beneficios de la tecnología).
Al cabo de unos momentos vuelve con el papelito.
-Aquí reza que usted ingresó a las 4:13 PM , y siendo que son las 5 y 55 PM es evidente que usted completó la hora y media...
Y cambiando totalmente el tono te dice:
-Uh se me pasó volando...(mientras se rasca la oreja derecha con la mano izquierda y hace una mueca de extrañeza).
Es evidente que mi explicación, si bien muestra un evento indiscutible del mundo (o un truco de magia maravilloso), no responde a la inquietud de nuestro cliente. ¿Por qué hay tiempos de ansiedad que no pasan nunca y los momentos de felicidad son fugaces?
Parece evidente que el papelito no prueba nada. Subo al tren. Comienzo a leer un libro sobre geología. Paso del precámbrico al pérmico en 20 minutos y tal vez en dos semanas recorra 4,65 mil millones de años. Es indiscutible que algo podrido hay en la vivencia de la temporalidad...
¿No sería más legítimo si dejamos de contar los tiempos en años, meses, días, horas, minutos y segundos, y los determinamos de acuerdo a nuestro ánimo? Dejando de lado los problemas del solipsismo, habremos avanzado en sinceridad. Y podremos medir besos y susurros en eternidades que tal vez en el recuerdo serán apenas perceptibles aunque luego venga el pibe del counter y nos grite con precisión indiscutible:
-¡Metete el papel en el orto! ¡Yo entré hace 15 minutos, pedazo de garca!

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Domingo, 11 de diciembre de 2005

El ex marido

La otra tarde estuve mirando fijo desde la caja largo tiempo una mancha de humedad que se había dibujado en la pared. La mancha era larga y estilizada y parecía una persona que bajo un sol de verano camina en un campo de arroz. Pensé en el calor de los veranos en Taipei y cavilé largamente sobre las fechas de cultivo y todo tipo de detalles referentes a esos enseres. Largamente me detuve pensando y sentí que casi podía sentir la brisa serena de la tarde en aquella ciudad. No sé cuanto tiempo quedé detenido allí, en ese registro inasible entre el segundo y la eternidad.
De pronto una clienta interrumpió mi viaje.
-¡De todas las máquinas que tenés en este local me tenés que sentar a mi ex marido justo en la máquina de al lado!
-¡¿Eeeh?!...Disculpe...

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